Varados – Capítulo IV

Varados - Capítulo IV

2 abril, 2020

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La solución del Capítulo III es: (seleccionar texto oculto para ver)
ANTIANESTÉSICO RKT

 

– Buf, sí que has tardado chico, ¿no habrás perdido el mapa?
– No señor, resulta que el contram…
– ¿Tienes el código?
– Eso creo, señor.
– ¿Pues a qué esperas? ¿Una invitación formal?

Se inyecta aproximadamente la cantidad de antianestésico que le había visto poner al médico. Trata de acompasar su respiración cuando el corazón le da varios saltos y un nerviosismo creciente le activa de nuevo los músculos. Lo ha conseguido, ya puede salir…

Sobre la cubierta del barco el sol cae perpendicularmente en las cabezas de la tripulación, sus oídos atentos a las palabras del capitán. De pie, en medio de un círculo en actitud recelosa, el prisionero observa mirada al frente sin ver nada en concreto, parece escuchar las olas golpeando los costados del navío. Nada sucede durante los dos minutos y doce segundos que tarda el capitán en repasar en silencio su discurso. Se aclara la garganta, pasa la mano por la barbilla sin afeitar y resopla al suelo. Comienza con vibrante voz:

– Compañeros nos reunimos…

…al cielo de la mañana y juntarse con el resto de los tripulantes en lo que será, según su humilde opinión, un juicio rápido y severo. Ahora es personal, antes el prisionero simplemente le daba miedo como puede asustar una historia de fantasmas o la vaga amenaza de una enfermedad que no se tiene. Antes era solo imaginación, ahora lo ha tenido casi tocando su nariz, respirando su aliento, bloqueando sus piernas y enfriando su espina dorsal. Ahora es real, una amenaza que…

– …todos sabéis para qué y creo que todos sabéis cómo va a acabar. Para que no haya dudas lo diré sin tapujos: este hombre, -señala al prisionero, que mira con curiosidad la punta del acusador dedo- este hombre ha atentado contra cuatro hombres en este barco de tal modo que hemos tenido que bajarlos a tierra para que puedan tratarlos en el hospital. He estado esta mañana -murmullos de nerviosismo- y he de decir que la situación de dos de ellos no es buena…

…conforme va tomando conciencia de ella la siente más cercana y, lo que es peor, vergonzosa. Cada peldaño que asciende es un peldaño que le acerca más a un final necesario en el cual tiene que confrontar un espejo de forma humana en el cual se ve a si mismo como un cobarde que…

– …ni espera que mejore. Las vidas del propietario de este barco y de su socio están en peligro. Todos sabéis que a estas horas deberíamos estar en alta mar, sin embargo nos encontramos con el barco varado y…

…humillado ante sus nuevos camaradas tiene que luchar para cambiar la opinión que se habrán formado de él. La luz le araña la cara al emerger al lado de un círculo de hombres sobre el que destaca, más elevado, el capitán.

Deslizándose lo más suavemente posible, el miembro más joven de la tripulación se une al resto poniendo atención al discurso:

– …a la espera de órdenes. No os voy a engañar: dependemos de este viaje para conseguir ganarnos el sustento para nuestras familias. –murmullos de aprobación- Al haber agredido al dueño y a su socio, el prisionero nos ha puesto en una situación muy peligrosa para nuestro presente y nuestro futuro. Decidí no entregarlo a las autoridades y pensar durante la noche en el mejor curso de acción a tomar. Ahora, antes de deciros mi decisión y someterla a vuestra aprobación, me veo en la obligación de cederle la palabra al prisionero por si tiene algo que alegar.

El capitán extiende las manos con las palmas hacia arriba, mantiene la posición mirando al prisionero. Éste parece volver en sí mismo. Ladea ligeramente la cabeza a derecha e izquierda, su boca se mantiene neutra. Habla con una voz baja que obliga a todos a guardar silencio para escucharla:

– ¿Qué queréis? ¿Qué esperáis que diga? ¿Queréis razones para poder condenarme a gusto? Golpeadme y lanzadme por la borda. Yo haría lo mismo con cada uno de vosotros. ¿Vuestros jefes están en el hospital? Una pena, mi intención era que ni llegaran allí. ¿Os he herido? ¿Os he asustado? Solo sois una molestia en el camino. No os odio ni tengo nada en vuestra contra. Ni a favor. Vuestro jefe y su socio, esos son mis objetivos y lo siguen siendo mientras respiren. ¿Os parece que os han fastidiado la semana porque estáis aquí varados? Voy a echarme a llorar por vosotros -su expresión cae a un ligero desprecio que dura un parpadeo- ¿Teméis por vuestro futuro? Os haré un favor y os quitaré esa preocupación de encima: no lo tenéis. Buscad otro trabajo, mar no falta y barcos dispuestos a surcarlo tampoco. Haced lo que creáis oportuno.

Pronuncia la última frase mirando al capitán. La tripulación comienza a hablar con voces cada vez más altas. El capitán se ve obligado a alzar una mano para conseguir atención. Retoma el mando.

– Visto que nada de lo dicho por el prisionero pone en duda su culpabilidad, propongo esta sentencia: que cada uno de los tripulantes armados con un arma sin filo golpeen al prisionero. Solo un golpe cada uno. Al terminar lo dejaremos en tierra y, de una forma u otra, dudo que lo veamos más.

Aplausos y vítores rivalizan con palabras de preocupación. El grumete está a la vez contento y aterrado ante la perspectiva de enfrentarse a sus miedos.

Votan.

Aprueban.

Unos cuantos marineros sostienen unas porras que pasarán por turnos por todas las manos de los tripulantes. Un instante antes de que terminen de organizarse, el prisionero alza la voz.

– Habéis decidido y no voy a tratar de convenceros de lo contrario, pero ¿creéis que me voy a quedar quieto mientras me golpeáis? Habéis visto de lo que soy capaz. ¿Quién va a ser el primer valiente que venga a por mí? Si conseguís dejarme en el suelo tras unos cuantos golpes será fácil, pero quiero ver al primer voluntario que se atreva a darme el primero.

Un marinero fornido se adelanta con fuego en la mirada. Lleva la porra apoyada pobre su hombro derecho, escondiéndola parcialmente detrás de su rojo y ancho cuello. El prisionero da un salto y al caer de nuevo al suelo aprovecha la fuerza del impulso para asestarle al fornido marinero un codazo en la nariz a una velocidad endiablada. Cae sangrando mientras el prisionero camina tranquilamente hacia atrás a su posición inicial. Vuelve a hablar.

– ¿No queréis venir todos a la vez? ¿No es vuestro estilo? Reconozco que tampoco sería beneficioso para mí… Os propongo un trato: me dejaré golpear la primera vez. Una sola y única vez no ofreceré resistencia ni esquivaré el golpe.

El capitán replica airado.

– Esto no es negociabl…

El prisionero simula que le va a lanzar un proyectil invisible. Las palabras del capitán se cortan de repente, cuando trata de retomarlas acaban silenciadas por el prisionero.

– Una sola vez con una condición: yo elegiré al que va a tener ese privilegio.

Silencio.

– Entonces tenemos un trato. Dadle una porra al grumete y que venga a por mí.

Antes de que el joven procesara por completo su situación fue arrastrado, porra en mano, hasta el prisionero. Tres pasos bajo el sol de mediodía que calentaba la piel del grumete y evitaba que se echara a temblar. La angustia lo mantenía centrado en el tranquilo hombre frente a él de tal forma que le impedía ver las protestas del médico que debatía estérilmente con sus camaradas. El capitán había optado por sentarse y mantenerse cavilantemente apartado fuera del círculo.

El joven corazón iba tan acelerado que lo podía sentir en sus sienes. El mundo se redujo a su mano y a su objetivo. Tenía que tomar una decisión. No se trataba de golpearle o no golpearle, todos los ojos de sus camaradas estaban puestos en él y la única forma de no quedar otra vez como un cobarde era cumpliendo lo que se esperaba de él. La decisión era dónde golpearle.

– Hay una condición más, debes responder a esta pregunta, joven grumete:

¿Qué nunca se esconde pero no lo ves, si no está lo añoras y demasiado puede hundirte?

Si no lo sabes no te dejaré que demuestres tu fuerza con ese palo que agarras con tanta desesperación, es más, si no lo sabes o alguno de tus camaradas te dice la respuesta acabarás peor que tu jefe, ninguno llegará a salvarte antes de que yo te alcance.

El momento de armarse de valor para golpear se ha tornado debilidad en sus piernas. La violencia se ha disipado en una nube de desesperación. Mira al cielo y pone su cerebro a trabajar a marchas forzadas.